“Valoro a un hombre no por su fortuna, sino por sus costumbres” (Séneca)

Pobreza de espíritu y moralidad de esclavo. Reflexiones sobre la humildad. Parte 1

Por José Bermúdez Marcos - Psicólogo e Investigador

Brian Burgess, La caída de Belerofón.

En uno de mis recientes viajes, en Israel, visitando el Monte de las Bienaventuranzas, junto al Mar de Tiberiades, vino a mi mente la primera bienaventuranza pronunciada allí mismo (Sermón de la Montaña) por Jesús según los evangelistas Mateo y Lucas: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos “. Nunca había encontrado mucha lógica en esta afirmación de Jesús.

Los pobres de espíritu

Después de profundizar en el tema, supe que con “pobres de espíritu” se refería a la humildad, a los humildes, y empecé a entender más; pero aún en mi mente albergaba lo que en Psicología se llama una disonancia cognitiva, dos posturas que parecen irreconciliables. Esa bienaventuranza chocaba con lo que yo había aprendido durante mis años de formación y profesión; y con lo que yo había interiorizado en mi experiencia de vida.  

Vivimos en una sociedad donde prima la competitividad para alcanzar el éxito. Las personas que lo consiguen en su campo son admiradas, como es el caso de deportistas, empresarios, científicos, artistas, etc. Todos reconocemos que es noble plantearse altos ideales, sobre todo los que, además de darnos prosperidad, afectan positivamente a otras personas, y por tanto luchar por alcanzarlos. En la cumbre de la pirámide de necesidades a satisfacer por el hombre se encuentra la aspiración de llegar a ser todo lo que le es posible, a desarrollar sus capacidades al máximo.

En una sociedad donde impera la imagen y el marketing, también parece necesario mostrar los logros conseguidos, esto es, además de ser o tener, hay que parecer. E incluso el ser humano a veces aparenta tener o ser lo que no ha conseguido.

Monte de las Bienaventuranzas y Mar de Tiberiades. Israel

En el campo de la Psicología también se enfatiza la importancia de la autoestima, de la asertividad (defender nuestro terreno), de la consecución de metas para reforzar la autovaloración y la motivación. Así pues, la humildad no parece hoy en día la mejor virtud para andar por la vida. Está bien extendido el dicho: “los chic@s buen@s son perdedores/as (nice guys finish last)”, que parece aplicarse no solo al ámbito de las relaciones humanas, sino también al de los bienes materiales.

Lo contrario de la humildad, la soberbia, hace caer al héroe Belerofón después de haberse ensoberbecido tras haber  domado al caballo alado Pegaso; y al héroe Prometeo a ser encadenado y su hígado ser comido eternamente por un águila, por haber robado para los hombre el fuego a los dioses cegado por la soberbia.

Una y otra vez encontramos enseñanzas  que defienden la humildad en las distintas tradiciones milenarias.

Por otro lado, hay que partir de la base de que la designación “pobres de espíritu” ha tenido diferentes interpretaciones, por su carácter contradictorio o contra intuitivo. Así el Maestro Eckhart la interpreta como pobreza interior, frente a pobreza exterior. Mientras que esta última está relacionada con bienes materiales,  la pobreza interior se refiere a estar vacío o libre de intelectualismo (es la llamada  vía apofática o no dualidad, donde los conceptos y palabras interfieren en el camino). Es vaciarse para llenarse de lo absoluto. Esta interpretación será objeto de análisis más detallado en otro artículo.

Una virtud defendida por los maestros de las corrientes de sabiduría

Para los grandes Maestros la humildad es una disposición o virtud fundamental.  Ya he comentado al principio el caso de Jesús, sin extenderme en otros hechos o enseñanzas suyas que llevan inequívocamente el sello de la humildad, como el mensaje que transmitió, según el evangelista Marcos, en la ciudad de Cafarnaun junto al Mar de Tiberiades – que aquel discípulo que quiera ser el primero, terminará siendo el último. 

Pablo, el gran impulsor y divulgador inicial de la doctrina de Jesús, defendía claramente la humildad: “Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él” (Filipenses 2:3).

Antonio Fantuzzi, Jesús lavando los pies de sus discípulos, 1540-45

La  humildad es una de las cualidades esenciales en el budismo, donde uno de los tres venenos a combatir es la avidez o codicia (los otros dos son la aversión u odio y la ignorancia). La manifestación de Buda como compasión, el Buda de la Compasión, incluye la cualidad de la humildad, encontrándose ésta igualmente implícita en diferentes textos como, por ejemplo, en “Las 37 prácticas de los Bodhisattvas”.

Y Confucio dice en las Analectas: “El hombre superior en todo considera que la rectitud es esencial. Actúa de acuerdo con las reglas adecuadas. Lo hace con humildad, con sinceridad. Éste es un hombre superior”. Capítulo 17, libro 15.

En el Bhagavad Gita, libro clave del hinduismo, dentro de la doctrina del Karma Yoga o Yoga de la Acción se habla de actuar y cumplir la obligación de uno, pero desapegándose de los resultados de las acciones, bien sea éxito o fallo. Desapegarse del resultado de nuestras acciones es humildad.

Pero la humildad ha sido denostada por algunos pensadores en la filosofía antigua y moderna

Aristóteles en su Ética a Nicómano contempla las diferentes virtudes como el punto medio entre dos extremos, que son vicios, uno por defecto y el otro por exceso, como por ejemplo la valentía, que es el punto medio entre el vicio de cobardía  y el de temeridad. No considera a la humildad como virtud; pues para él sería el vicio correspondiente a la virtud de asertividad o ambición adecuada, que se situaría como término medio entre la humildad y el otro vicio, la soberbia o arrogancia (hybris). Aristóteles considera que el humilde, siendo capaz de determinados logros, no los persigue al no valorarse a sí mismo. Sin embargo, dice, el orgullo implica grandeza, como la belleza implica un cuerpo generoso.

Immanuel Kant, como Hume, no era partidario de la humildad, puesto que la asociaba al servilismo, a virtud de monjes, a algo no natural. Kant defendía el orgullo como una parte necesaria de la virtud moral.

Nietzsche, uno de los filósofos de la sospecha (los que se dice que desenmascararon patrones sutilmente ocultos en la sociedad), junto con Marx y Freud,  fue más allá, pensaba que la humildad era una estrategia de los débiles para evitar ser destruidos por los fuertes, y hablaba de la “moralidad del esclavo”, que era el código ético del débil,  para luchar contra la “moralidad del maestro”, que es el código ético del fuerte. En realidad en esta afirmación dentro de su obra de Genealogía de la Moral se refería a la sumisión y a la falsa humildad del débil como maniobra o manipulación para conseguir el poder, porque en el fondo tanto el fuerte como débil albergan lo mismo, el deseo de dominación declarado o no. 

Pintor Arkesilas, Prometeo y Atlas, Interior de un vaso, Vaticano, 565-550 a.C.

Las diferentes caras de la humildad

La humildad tiene varias vertientes. La Academia de la Lengua Española la define como “virtud que consiste en el conocimiento de las propias limitaciones y debilidades y obrar de acuerdo con este conocimiento“ y, por otro lado, como “sumisión o rendición”. 

Según las investigaciones realizadas, la humildad, considerada como la conciencia de las propias limitaciones, es muy positiva. Así lo contempla hoy en día la Psicología. Ahora bien, considerada como sentimiento de inferioridad o de baja valoración, con la consiguiente sumisión o falta de ambición, es negativa.

La humildad en el fondo es la conciencia o reconocimiento de nuestra limitada naturaleza humana mientras pasamos por esta vida, aunque nuestra auténtica naturaleza trascienda esa limitación y tenga otros horizontes. En la parte 2 trato de la conciencia de los propios límites, de la asociación natural de la humildad con la honestidad y autenticidad, y de los efectos positivos que tiene para la persona según las investigaciones, especialmente en el campo de sus relaciones. 

tusabiamente.org

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